En esa época andaba leyendo sobre la teoría de la relatividad, trataba entender la gravitación, nunca antes pude entenderla bien, eso de la deformación del espacio-tiempo, no lo lograba comprenderlo, la luz no cambia su trayectoria cuando viaja, sino que recorre un espacio deformado, es como la trayectoria que sigue el agua cuando en una tina, le sacas el tapón, el agua recorre el espacio cóncavo de la tina, un símil del espacio-tiempo.
Recordé que Einstein empezó a comprender estas sutilezas de la física, al observar cómo los ascensores, nos revuelven el estómago al empezar un descenso, al menos eso sucedía en los antiguos. Años atrás, cuando trabajaba en el Banco Estatal, cuando me subía sólo en el ascensor en el piso 10, apretaba el piso uno y daba un salto y al instante, el ascensor comenzaba su trayectoria, mientras por unos instantes experimentaba la caída libre.
Llegando al edificio, me subí al ascensor, presionando el séptimo piso y recordé lo que hacía en el Banco, y me decidí a dar un salto, pero el caer fue duro y el ascensor se remeció entero y no era de la misma "calidad", y el maldito vagón se quedó parado, entre el tercero y cuarto piso.
Apreté el botón de emergencia y nada, no venía nadie, obvio todos estaban celebrando o se habían ido a casa, la gente normal. Intenté abrir las puertas, con mucho esfuerzo pude abrirlas unos centímetros. Me di cuenta que el cuarto piso me llegaba a la cintura, esa sensación me confundía, miré hacia donde había ruido, gritos, música, aspiradoras, las señoras del aseo.
Les grité, ¡Hey...señoras, señooooras, auxilio, auxiiiliOOOoooo! a todo pulmón. Las veía circular de un lado a otro por el pasillo, ajenas a mi angustia creciente. Era viernes, víspera de año nuevo, en mi mente fluían imágenes, veía titulares en los diarios "joven profesional extraviado por presunta desgracia es encontrado en ascensor", 3 días sin agua, me imaginé sobreviviendo de mis fluidos, sudaba, hacía calor, pero no era proporcional a lo mojada que tenia mi camisa, a esa hora ya sin chaqueta y sin corbata, sudaba profusamente.
Con las aspiradoras industriales, que no eran cómplices de mi rescate, las mujeres me ignoraban, cantando, eran los inicios del Reggaetón, ajenas a mis súplicas. Es curioso ver a un grupo de personas cuando no son vistas por terceros, cambian su comportamiento, hablan de cosas que ruborizarían al Che Copete (humorista chileno), me quedé un rato mirando, con los brazos acalambrados por mantener las puertas entre abiertas del ascensor.
Luego, me volvió la fe, un guardia subía por las escaleras, lo vi y dudé un poco, me dio vergüenza que me encontraran así, todo sudado, esperaba burlas inmisericordes de las señoras del aseo. Volví a la cordura y lo llamé, "¡Hey Joven, ayúdeme por favor!. El tipo miraba a todos lados, no entendió donde yo estaba. Como buscando una cámara escondida. Repetí el grito y le dije "¡Acá en el ascensor!. Allí se dio cuenta donde estaba, y me pregunta "¿y qué está haciendo allí?, yo pensé "acá celebrando el año nuevo amigo mío, venga pase".
Le conté lo que pasó, omitiendo mis experimentos relativistas, le dije que apreté el botón del ascensor y se paró solo, "está viejo el ascensor y quizás le falta mantenimiento", le dije con cierta suficiencia. Me dijo que llamaría al administrador, se fue y volvió al rato. El voluntarioso guardia volvió con un fierro, supe que era un "diablo" así le dicen a ese tipo de herramienta de carpintero, me pidió que abriera las puertas, así lo hice, puso el diablo entre las puertas cerradas apenas, e hizo palanca con todas sus fuerzas, tanta que se le resbaló el fierro y me apretujó mi mano izquierda. "No me ayude tanto le dije", me dolió como hace mucho no me dolía nada. Me dijo que en dos horas vendrían las personas de Mantenimiento, ante la noticia y mi perspectiva del avance de nuestra labor, me decidí a sugerirle que era mejor esperar.
En tanto, se empezaron a juntar las señoras del aseo frente al ascensor, mi mayor temor se hacía realidad. Del cuarto y quinto piso venían, me sentí como el chimpancé del Zoológico metropolitano de Santiago. Una de ellas trajo un escobillón, me hubiese atendido ella en vez del guardia y dejamos entreabiertas las puertas, fuertemente trabadas, así entró un poco de aire.
Mientras tanto, en un círculo, las señoras me decían:
- ¿qué está haciendo tan solito?
- ¿le traemos un traguito, para que se le pase la "sé"?
Y otras cosas, comenzaba a subir el tono del diálogo, yo quería que me tragara la tierra, trajeron la radio, la pusieron a todo volumen y comenzaron a bailar frente a mí, esto es en serio, bailaron frente a mí, todo muy raro y se hizo presente su placer culpable, bailar en un caño.
Al momento llegó el guardia con el personal de mantenimiento. Me interrogaron y el bandido me delató, el Ascensor tenía un dispositivo de seguridad que lo hacía detenerse frente a golpes o "saltos", yo lo negué todo, ni con regresión me sacaban de eso, subieron al último piso y destrabaron el ascensor. Eran las 15:00.
Las mujeres aplaudieron, le di la mano al guardia y le agradecí, los de mantenimiento me decían insultos, pero despacito mientras se iban escalera abajo, en mi mente sonaba una canción famosa en los estadios "por ser así, tan especial...". Las señoras, recuperaron su compostura, yo las conocía trabajé dos años en ese edificio, con atención me revisaron la mano toda pelada por el fierro y me aplicaron agua oxigenada, mientras hervía la herida, todo retornaba a la normalidad, el "orden social", en proporción con bajar el volumen de la radio. Estoy agradecido de ellos.
Me despedí del guardia y señoras del aseo, llegué al séptimo piso, ahora por las escaleras, a lo lejos escuchaba risas a carcajadas, pero mi amigo ya se había ido, no me esperó el desleal. Llegué a casa y no me creyeron, tampoco él que me insultó gratuitamente, pues me esperó largo rato en el edificio y más encima tuvo que bajar las escaleras a pie, pues no funcionaba el ascensor.
