Un día de otoño un hombre maduro, de la tercera edad, caminaba dentro de la estación de tren subterráneo. Subía y bajaba escaleras para cambiar de línea, estaba obligado a hacerlo para llegar a su destino.
Era un día de lluvia, él calzaba sus zapatos de talón alto y planta antideslizante, abrigo impermeable oscuro, un pequeño paraguas a cuadros. Lo usaba dentro del bolsillo de su abrigo. Usaba su mochila tanto como bolso de mano, como también sobre su espalda. Lo llevaba en la mano, no quería ser confundido con un Nerd, aunque evidentemente lo seguía siendo.
Hace unos años comenzó a usar sombrero en los días de frío. Lo compró en la sombrerería "Donde golpea el monito" un día de remate antes de su cierre. Si había lluvia, el sombrero evitaba el uso del molesto paraguas. Si el frío era mucho, éste lo resguardaba de enfermarse por enfriamiento, cubriendo sus curiosas orejas.
En los últimos inviernos volvió a padecer de sus antiguas amigas, las amigdalas, que lo obligaban a guardar cama con frecuencia, tal como en su infancia, pero ahora con mayor preocupación, ahora tenía miedo de enfermarse. Estaba solo. Su familia, se fue en parte a vivir fuera del país o bien había muerto de un día a otro, inesperadamente por la peste. Los que se fueron, se dejaron vencer por la incertidumbre jurídica, por el "egoísmo" como él lo llamaba, o bien por la ideologías carentes de realidad. Habían pasado casi 7 décadas del primer quiebre institucional y no se aprendió nada, "nos farreamos por segunda vez la posibilidad llegar a ser un país desarrollado" meditaba, pero más que desarrollo económico, pensaba en el desarrollo humano, pues ciertamente Chile ha sido un país pobre en recursos naturales y aislado, eso no cambiaría nunca, el mineral volvía a embotellar al genio, postergando la fuente real de la riqueza.
"Me quedé acá en Chile por principios", decía y en su interior meditaba el por qué no se contagió del maldito virus, "los principios no lo cuidan a uno de los resfríos". Él interrogaba día a día al holograma de su esposa. Una especie de espiritismo tecnológico, las preguntas que hacía rastreaban en las interacciones del difunto que hizo en vida en sus redes sociales; en sus blogs; en los videos para su colegio; en correos electrónicos y en toda traza electrónica disponible sólo para los deudos de las personas fallecidas. De esta forma, la personalidad virtual escalofriantemente realista, respondía asuntos que él nunca escuchó de su persona amada. Esperó años temeroso, para hacer las preguntas más delicadas, reservando una en especial, que nunca llegó a formular. Él mismo sabía cómo funcionaba, pues generó la idea tiempo atrás para un cementerio privado, para "Nunca decir adiós a tu ser amado", idea adictiva con que se torturaba voluntariamente año tras año.
Era un profesional independiente que no quiso "apatronarse" ni en el aparataje estatal sustentado por el mineral, ni en el mundo privado que gira en torno de él. Tenía una especial habilidad para identificar tendencias tecnológicas. Frecuente y rigurosamente se financiaba viajes a algún evento en el mundo, donde se masticaba el futuro, para olfatear y construir redes e identificar oportunidades. Retornaba del viaje y a comenzar otra vez. Siempre había alguien dispuesto a escucharlo, o más bien, para darle una mano.
Él le dice a sus amigos más jóvenes, los que van quedando: "Es mejor usar sombrero", además, "me da estilo, me veo como Indiana Jones", sin embargo, ya nadie recordaba la saga de Spielberg. Cavilaba en esto, mientras escuchaba un playlist desde su smartphone, herencia de su hijo mayor, caminaba al ritmo de la música del rock punk inglés, recibida en su receptor cloquear que por el mismo precio terminó también su sordera. Tarareaba, gesticulando de dolor por subir los peldaños de las escaleras, sus tobillos revelaban su edad. Esto no era nuevo y en su momento pensó que era su peso, tomó batidos haciendo ayunos y dietas vegetales, que no mejoraron su malestar, era la artritis que seguía su curso implacable.
La estación de tren subterráneo estaba repleta de gente, aclaro que uso el concepto de "repleto" post peste. La habitual aglomeración de las 18:00 horas hicieron difícil su paso. Impaciente, miraba y se dio cuenta de un pequeño pasadizo. Un espacio libre para no esperar, entre un Pasamanos de Cobre que lucía como una barra de ejercicios, un rectángulo de 90 cm entre la barra y el suelo. Es precisamente el pasamanos de cobre que tuvo una inesperada participación para controlar la peste, cambiando nuevamente la historia de nuestro país. No sólo servía para mitigar los efectos nocivos de las bacterias, sino también era letal contra los virus. Un médico se dio cuenta de esta obviedad al observar la falta de contagio de los trabajadores del subterráneo.
Los recuerdos antiguos son los más frescos para los mayores. El recuerdo vino a su mente y cuerpo de forma instantánea. Pensó, "puedo pasar por allí con mi pirueta gimnástica que hacía en la escuela", "¡Lo puedo hacer!", exclamó. Recordaba que cuando niño había una barra en el patio del colegio, corría rápido y saltaba, con una torsión ponía sus pies al frente, se desplazaba en el aire, se afirmaba con sus dos manos en el fierro de la barra de ejercicios y se impulsaba dos metros más hacia delante, cayendo de pie y con los brazos abiertos, imaginando e imitando con su boca, una ovación de su público enardecido.
Ya no tenía dudas. Era intolerante a las esperas. Se puso la mochila en la espalda, retrocedió unos metros, calculó la distancia y comenzó la carrera. Aceleró los pasos, a pie firme según él y torpe a la vez para los testigos del evento. Dio el último paso, el pie derecho sin problemas, pronto estaría en el aire. No obstante el pie izquierdo, al soportar su generoso cuerpo llegó a su punto límite, un crujido de articulación, seguido de un lastimoso gemido, encendieron la alarma. Fatiga de material junto a una confianza irracional en sus medios, fue el diagnóstico. El inevitable golpe en seco de su nuca en la grada de concreto, los pies por delante y la cabeza en el suelo. El ruido óseo sobre el concreto alertó a observadores. Luego de encoger los hombros; de achinar los ojos y mostrar los dientes, se acercaron poco a poco a él para asistirlo, con un pesimismo lento.
El sombrero no pudo proteger su cabeza. Se encendió una luz clara en su mente, tibia como el sol veraniego en su norte costero. Feliz no le causó extrañeza ver junto a él a sus compañeros de colegio, como si fuera hoy, en plena muda de su dentición de leche, alentándolo alegre y desordenadamente. Vio nuevamente la barra de ejercicios de su escuela acercándose rápidamente hacia él. Estaba en vuelo y tomó el fierro con sus dos manos, sintiéndose fuerte y liviano. Confiado, no podía evitar el sonreir como en trance. Su cuerpo se puso tenso en su abdomen y se lanzó con tanta fuerza que avanzó en el aire mucho más allá de los dos metros que recordaba, como un cuerpo mejorado. Inusualmente, no caía, sino que aceleraba, como si la gravedad fuese horizontal, siguió hacia adelante, como alargándose hacia el punto luminoso tragándoselo frente al asombro de todos para siempre.
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jueves, 16 de junio de 2016
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