En un cumpleaños familiar, en medio de una conversación vine en recordar cómo cambian las personas al envejecer y padecen de episodios de pérdida de memoria. Antes se le llamaba vejez senil, o Arterioesclerosis, ahora se le llama el mal de Alzheimer.
Antes personas fuertes, de carácter, seres con un espacio ganado e iidentidad. Luego se transforman en personas distintas, todo eso que recordamos ya no está allí, su mirada perdida y sus chispazos de normalidad, producen esperanzas y una enorme pena y angustia a quienes lo rodean, el cuerpo es el mismo, pero la persona no es su misma esencia.
Uno de ellos, de quienes me ha tocado presenciar su proceso de disolución de personalidad es don Juan. Tenía más de 80 años, él me confundía con un amigo suyo de juventud. Me conversaba los sábados y domingos en las tardes, y me hacía recordar sus anécdotas comunes. Sus salidas, otros conocidos y conocidas, anecdotas que producían sonrisas ingobernables.
Él vivía en la comuna del Bosque y en una de esas tardes, mientras conversábamos, una persona nos interrumpió desde la calle, la reja de la puerta nos separaba de él. A través de ella, llamaba al anciano: "Tatahaha, tataahaha...hola, ¿puede venir?". Nos acercamos a conversar con el joven. Entre 20 y 30 años, delgado, sucio, con su hablar arrastrado y carraspeado, de falta de pulimento y conversación a gritos, le dijo: "Tatahaa, ¿tiene unas monedas?".
Yo le murmuraba cerca del oído, que no le hiciera caso que yo lo despacharía. El tipo me escuchó y le dijo "Tata usted me conoce yo no le voy a hacer daño". El Tata le dijo con su voz arrastrada en este caso por el tiempo: "Te daré unas monedas para que me compres un Kino y a la vuelta te daré una propina". Yo le dije que no lo hiciera, pero él estaba decidido. El muchacho en tanto, contestó "pero Tata, es muy lejos para ir a comprar" decía de mala gana, pero al fin aceptó y se fue.
Yo pensaba, don Juan ya estaba senil y le dije "don Juan no debió darle esas monedas, ese tipo no le traerá el Juego", y él me contestó, "efectivamente, sé que no volverá con el juego, pero tampoco volverá nunca más a pedirme algo", en el instante, la lucidez me bañó, asombro y vergüenza, el problema resuelto, don Juan le dije, es usted un maestro.
Y efectivamente, en ese instante de lucidez, con psicología inversa, no volvimos a ver al ejemplar. No perdamos esos momentos, el asombro y la maravilla siempre nos puede tocar con nuestros seres queridos.
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lunes, 19 de noviembre de 2012
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