lunes, 9 de marzo de 2015

La danza de la realidad

He leído en distintas fases de mi vida a Alejandro Jodorowsky, en un momento pensé dejar de leerlo, pues inevitablemente me empuja hacia un camino de reconocimiento interior que atenta contra el materialismo de mi quehacer diario. Por otra parte, continuamente escucho a personas que no entienden su mensaje, lo abordan desde la vereda de la razón, pues la lectura no es sólo lectura, es un acto de involucramiento y transformación, sin la vivencia o experimentación no es posible su entendimiento, esto me hizo tomar distancia.

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Una tarde de viernes, sintonizado un programa en radio Duna, en el programa Terapia Chilensis, me encontré a Héctor Soto resumiendo las películas del año 2014. Hablaba favorablemente de este libro (2001) y de la película (2014), su compañero de programa habló del autor quitándole valor literario o artístico, pero sin haberlo leído. El diálogo pasó eso sí por las figuras, sus escenas. En particular de una mujer orinando en un close up de su vulva en pantalla gigante (debo ver esa película), pero el libro es mucho más que esa escena caricaturizada.

Soy nortino, ariqueño y el autor tocopillano. Las cosas que se viven en el norte de Chile son surrealistas, quizás por la falta de agua, la pobreza,  la brujería,  la envidia, la escasez de éxito, la explotación, el abuso, moldean los pueblos y su gente. Por eso al leer el libro me sentí identificado (similar a lo que siento al leer a Hernán Rivera Letelier) en la sequedad, donde nada crece y sin embargo vive el hombre. Luego en el traslado a Santiago, el niño Jodorowsky descubre el desarraigo, la búsqueda incesante de amor,  la magia, el descubrimiento del inconsciente,  el odio a su padre, la realidad que juguetea ante el incesante relato y desfile de personajes e historias y sobre todo en el descubrimiento de su vivencia interior.

Es un libro que palpita, que habla al interior, algunas imágenes me duraron horas, muestra la historia personal (yo no soy lo suficientemente maduro para contar las historias personales y familiares que son relatadas, secretos de familia)  y de los lugares y personajes con que el autor interactuó en su vida, con Nicanor Parra, Enrique Lihn, Stella Díaz, Marcel Marceau y otros notables, mezclados con otros anónimos, curanderos, artistas, charlatanes, cineastas, tanto que contar que el libro se queda corto. Yo uso el metro para leer, a veces me quedaba sentando en el andén leyendo, no podía dejar el hilo de la historia, y luego caminaba al trabajo como un zombie, mi consciente convertido en un hombrecito en mi cabeza conduciendo mi cuerpo como un Robot (Mazinger Z).

 Una historia que me emocionó, me hizo partícipe, que me señaló un camino, me dejó tareas y actos psicomágicos por hacer. No sé si todo el mundo gustará del libro pero fue de todo mi gusto leerlo.

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