miércoles, 20 de abril de 2011

Acatar o decidir

Diariamente nos encontramos frente la situación de tomar  decisiones que pueden afectar nuestra integridad personal, en términos de seguridad y salud en el corto o largo plazo.

En mi caso, diariamente decido el usar la mochila con ambos tirantes,  el comprar una colación sana o bien comida chatarra. El usar o no un cinturón de seguridad en buses, cruzar las calles en los lugares habilitados o circular en bicicleta por la vereda o la calle. En cada una de estas decisiones y en más de una ocasión,  he decidido, no usar cinturón, cruzar a media calle, usar la mochila en un solo hombro, circular por la vereda y elegir el combo de sandwich con coca cola.

Mientras camino, reflexiono, las decisiones son obvias, pero elijo mal, se me ocurren justificaciones, como La variabilidad económica y la falta de un horario estable afectan la decisión en la comida; o bien, me pueden meter la mano en la mochila y robarme sin darme cuenta (o me pueden decir nerd, mi hija me lo dice, por usar correctamente la mochila frente a ella); o es incómodo usar el cinturón en buses, pues me quita libertad.

Hoy en Chile se discute el imponer a través de legislatura  las dietas alimentarias a nuestros niños y jóvenes, el uso del cinturón de seguridad en los medios de  transporte, usar las bicicletas en las veredas, y en medio de todas las medidas regulatorias me pregunto, en dónde queda nuestra propia capacidad individual de decidir y hacer bien las cosas.

Otra forma de influir en el comportamiento social practicado en el gobierno de Michelle Bachelet, de una manera más sutil que el gobierno actual, fue el imponer en nuestra cultura machista, cuotas de mujeres en cargos públicos. En un principio no lo compartía, pensaba en la mérito-cracia en lugar de las mal llamadas cuotas que ya eran cuestionables en su uso político. Hasta que un día, en un encuentro fortuito con un dirigente Aymara amigo de infancia, me comentaba que ellos luchaban para que en el gobierno regional de Arica se impusieran cuotas en cargos públicos para personas de pueblos originarios, él me decía que era necesario hasta que las personas comunes y silvestres se acostumbraran a ver indígenas como autoridades, acostumbrandose a su color y olor, forma de hablar y costumbres diferentes.

Luego de esa conversación con Xenón Alarcon, entendí cómo son los procesos humanos. Cómo sería nuestra sociedad hoy día, si se hubiesen tomado cuotas de indígenas para ejercer el poder, hasta este momento me pregunto por qué no hay jueces, abogados, fiscales o autoridades públicas de origen Mapuche en la región de la Araucanía (nombre español de esta región, debiera llamarse región de los Mapuches) hoy no los vemos integrados a la sociedad o bien, lo hemos impedido.

Tenemos 200 años de regulación propia, otras sociedades más ancianas, ya han tenido estos debates, de Endurecer las sanciones y luego la inercia cultural hace el resto. Hace poco estuve en Alemania y como muchos saben, en el transporte público nadie fiscaliza y controla el pago de pasaje. Si te pillan sin boleto debes pagar multas, no hay conocido o pariente que pueda sacarte la multa que es significativa, por bonito o influyente que uno ingenuamente quiera parecer. Es decir, no hay necesidad de disponer de aparatajes técnicos y administrativos enormes y caros para evitar el fraude, sólo se preocupan de entregar un buen servicio. ¿Simple?, no, son años de leyes duras en su cumplimiento para generar cultura.




Y puedo  seguir con el caso de las mujeres, o en el tema de inicio, ¿por qué decido por lo que me hace daño (no menciono a la gente que fuma) en el corto o largo plazo?, algo pasó en mi educación y formación, estos temas no eran importantes, no eran visibles, resumiendo prefiero entonces la regulación.

Hoy voy camino al trabajo, con una manzana para la  colación y la mochila bien puesta en la espalda, contento y sin dudas.

sábado, 9 de abril de 2011

Estar atento

Preparando un informe para el trabajo, recordé lo que me pasó el sábado 27 de septiembre del 2008. Pensé unos instantes en que uno anda preocupado de sus asuntos comunes y cotidianos; los acreedores; la pega; el colegio; o las cosas que uno quiere tener, o hacer. En eso pensaba también mientras caminaba por la calle 11 de Septiembre aquella vez, a mediodía en Santiago.

Me dirigía al gimnasio a botar lo malo de la semana y cargarme de energía, luego de ir a buscar una correspondencia en la Universidad. Mientras cavilaba, seguía caminando y vi una hermosa niñita (al rededor de 3 años, no más), me dio mucho gusto verla y le sonreí en forma evidente, ella iba cantando mientras corría y giraba junto a mi, me recordó a mi hija de la misma edad. Seguí caminando y cai en cuenta que no estaba en el living de mi casa, que esa no era mi hija y que ella iba en dirección a la calle. Me di vuelta mirando el entorno y no vi a su mamá o a alguien cercano a ella, excepto un hombre adulto, lejos a 20 metros, que despreocupadamente miraba una vitrina, junto a un niñito, que lucía algo mayor que la niña.

Giré, tiré el bolso al suelo y salí corriendo para interceptar a la niña,el hombre me vió y cayó en cuenta de lo que sucedía, comenzó a llamar a su hija con desesperación, "¡Cristina ven!" (no recuerdo bien el nombre que dijo), me llené de ira, la niña me llevaba 5 metros de distancia y sólo 2 metros la separaban de la calle. Luego la niña giró su cabeza y al verme correr hacia ella se asustó y se detuvo, abrazó la señal "Pare" de la esquina, entonces pude tomarla de un brazo, y la pude agarrar al fin.

La tomé entre mis brazos aliviado, un instante después llegó el hombre, me la quitó con algo de rudeza y me dio las gracias, sin mirarme a los ojos, dio media vuelta y se fue en dirección a la misma vitrina de donde lo vi anteriormente y lo esperaba su otro hijo (menos mal que se quedó quieto). Me dieron ganas de insultarlo, pensé que estuvo cerca de cambiar su vida para siempre, me dio la impresión que no salía frecuentemente con sus niños, no estuvo atento y casi lo paga demasiado caro.

En la tarde llegué a casa, cuando llegó mi hija, la vi y le abrí mis brazos, ella me gritó "¡Hola papi! ¿dónde estabas?" la tomé en brazos y le di un tremendo beso, e imité a Homero Simpson, con el cerdito de la última película, la hice caminar de cabeza por el cielo de la pieza cantando "spidergirl, spidergirl...", para horror de su madre que veía con espanto sus huellas marcadas en el cielo, mi hijita no paraba de reir. Luego la llevé a la plaza de mi vecindario en su triciclo, que todavía no ha sabido utilizar bien, jugamos un largo rato; en el columpio; en una pirámide de troncos; en el balancín y en la escalerilla. Luego, al atardecer fuimos juntos a dejar el triciclo a la casa, y nos dirigimos a comprar el pan calentito de la tarde. Al caminar y llegar a la esquina quise enseñarle a cruzar la calle, lo encontré pertinente, y ella poniendose las manos en jarras y mirando a ambos lados dijo "yo ya sé papi, no viene ningún auto" como si fuese lo más evidente del mundo para ella ("loser" pensé), pero yo no sabía que ella sabía. Le sonreí y le di la mano y caminamos juntos al almacén para comprar el pan calentito de la tarde.



domingo, 5 de diciembre de 2010

El poema del fútbol

Recuerdo cuando era niño y jugaba a la pelota, en campeonatos de fútbol en Arica. Jugué en varias series Mini mosquito, Mosquito, Peneca, Infantil. Mi papá me iba a ver jugar. Yo me ponía nervioso, muy nervioso. Cuando no estaba él jugaba en un buen nivel, tenía buen disparo de media distancia o "chute" y cabezazo y como era grande para mi edad y mis pares o "pailoncito" me ponían de 3, 4, 2, 5. Yo quería ser delantero, no obstante siempre me ponían en medio campo o defensa. Cuando iba a verme mi papá algo pasaba y no jugaba bien, y sentía que él se decepcionaba un poco.


Luego en la escuela fui seleccionado, pero empecé a bajar las notas y me retiré (el entrenador me acosaba para que siguiera, pero me ponía en evidencia frente a todo el mundo, hubiese preferido una conversación personal), aparte el ambiente de los muchachos futbolistas no era muy bueno, las cosas del camarín no se comentan en público y me cambié al básquetbol, también me llamaron a la selección de Arica, pero por mi estatura y la posición que jugaba, que era baja para ser un pivote alto, sólo jugué en el liceo (hoy colegio), luego no seguí insistiendo y en la U me dediqué a sólo estudiar.


Recuerdo una vez un partido de campeonato,en una jugada me quedé botado en la delantera, hacía calor, había mucho sol (al parecer no hacía daño como ahora, o bien no estábamos conscientes del daño de los rayos UV) yo jugaba en peneca y en un contragolpe, el delantero contrario quedó mano a mano con nuestro arquero, nosotros nos miramos y dijimos "jodimos" el arquero no era bueno, no era un misterio, en esa época nadie quería ser arquero, por el peligro, así que le tocaba al más malo o al que el papá lo equipaba con guantes, rodilleras y polerones acolchados. Así que miramos de lejos y nos quedamos parados. El delantero pensó lo mismo, y se durmió, empezó a hacer lujitos, y yo dije chuata, creo que lo puedo alcanzar. Piqué rápido, tratando de no hacer ruido, si es que eso era posible. Los papás gritaban como locos, a favor y en contra "Pégale","Salele", "chutea","Bajen"...


El tipo se preparaba a gatillar, la cara de nuestro Arquero estaba pálida,su expresión decía, "patea y termina esta angustia", y ya lo tenía al alcance de un salto, así que me decido y me barro, arrastré unos centímetros, y con el costado derecho en el suelo, y se la quito y la saco al lateral. La gente gritaba "la muralla china" otros saltaban, se reían, otros se tomaban el pelo, se cubrían la cara, por mi parte me sentí increíble, el gol estaba cantado, y lo saqué.


El delantero, mas viejo que yo, estaba pasado en la categoría, me dio la mano "wena compadre" me dijo y me ayudó a pararme. Estando en pié, la sangre se enfría, el dolor llega, allí quedé tieso, me miro la pierna y comprendí el peligro de ser arquero en una cancha de Arica. La únicas canchas de pasto son las del estadio Carlos Ditborn y de la Liga de empleados particulares, ninguna más. La cancha, con suerte tenía tierra, eran puras piedras. Me quedó la mitad del pellejo del muslo derecho y parte de la nalga, en las piedras de la cancha, no podía caminar y me tuve que echar en el piso, me ardía la maldita pierna. Me tuvieron que sacar. Llegué a la casa orgulloso con el trofeo en mi pierna. La cancha estaba junto a la que aparece en la fotografía, era muy parecida a esta, las redes de los arcos eran redes de pesca, con olor a pescado y todo.

Cancha de tierra en la Calle Los Cisnes


Recordaba cuando mi papá me gritaba de la orilla de la cancha, cuando otros papás gritaban también, y cuando veía jugar a mi hijo en la escuela de fútbol y se producía un diálogo entretenido, sicótico, patológico del cual yo participaba intuitiva y activamente. Los invito a leer el siguiente poema de Mauricio Redolés, les sugiero leerlo en voz alta, sin pausas, evocando su niñez y con sentimiento...


“Vaya sobre él
Vaya vaya vaya vaya vaya
No le crea
No le crea Está solo No le crea
No se deje engañar
Retroceda ahora
Vaya con él señor Vaya con él señor
Retroceda ahora
…
Aquí estoy yo
Aquí
Aquí estoy yo
Mía suya
Míreme Míreme
Míreme míreme míreme míreme míreme míreme míreme
míreme
No le crea
Míreme míreme míreme
Sígalo señor
No le crea
No sabe Está solo
No le crea No le crea
Sígalo Sígalo
Vaya ahí Vaya ahí Vaya ahí
No le crea No le crea
Sálgale
No le salga
Salga
Espérele
Crúcesele!”.
en el minuto 1:40 se encuentra esto recitado por Redoles, en una entrevista con Pedro Carcuro en "de Pé a Pa"

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