Capítulo 1. Como les comenté en un texto antiguo, mi celular de BlackBerry (r) fue recuperado, en función de una sucesión de eventos, mi decisión de correr tras el delincuente, mi intimidación, la llegada de 2 muchachos en un vehículo que me ayudaron a recuperarlo, como lo pueden ver en detalle en Te voy a pillar #$%@#!.
Capítulo 2. Segundo aviso. Volvía de mis clases de procesos en la Universidad de Talca. Volvía tranquilo y contento fue una buena clase, tomé el bus de Talca a Santiago, 3 horas de viaje para contestar correos y terminar trabajos pendientes, consultoría, propuestas apoyadas por el teléfono recuperado en el Capítulo 1.
Luego del café, me levanto y me dirijo al baño, cierro y me veo al espejo, las ojeras de mi padre se reflejan y me miran, veo mi camisa fuera del pantalón, desorden. Me libero los pantalones, la correa suelta, y en ella el clip donde reside mi celular. Me acomodo los pantalones con rudeza, la correa dio un latigazo, el movimiento hizo salir volando el clip con el celular. Lo vi volando incrédulo, una parábola perfecta, no atiné a capturarlo en el aire. No puede ser, maldito teléfono, por mejor lo tenía en el clip, el destino, el aparato como guiado por un radio control, fue directo al WC, cayó en seco por trayectoria, pero húmedo por realidad.
Reacciono y llego un segundo tarde a tratar de "pelotearlo", cayó al vacío. Rápidamente, sin pensar mucho me arremango y busco tanteando, ciego, muevo mi mano y afortunadamente sólo encontré el Clip con el teléfono, lo rescato, lo abro, lo pongo directo en el chorro exiguo del lavabo, el objetivo es eliminar restos de Escherichia coli. Tomo toalla de papel y lo seco, luego trato ingenuamente de encenderlo, pero sin éxito. Luego me lavé el brazo, asco.
Llegando a casa, apliqué secador de pelo y lo dejé toda la noche en una fuente con arroz. Al día siguiente al servicio técnico, mientras pensaba en qué decirle al técnico, una señorita me pasa un formulario, le pregunto y me dice que sólo debo poner una opción. Leyendo, lo que más se acercaba era la opción "No enciende", me esmeré pero no leí "no funciona porque se cayó al WC", me ahorré los discursos y confié en su reparación. A las 2 semanas, me lo devolvieron como nuevo, le cambiaron la CPU y otra vez al ruedo y un mensaje del técnico "el aparato aparentemente sufrió una exposición exagerada a la humedad".
Capítulo 3. El Destino. Mi teléfono fiel seguía conmigo, le empecé a tomar cariño, hasta pensé en un nombre como "sigiberry" y así seguía muy satisfecho con él, hasta que un día fui al mall Plaza Vespucio a sacar unos bonos médicos. Ya hecho el trámite y devuelta al estacionamiento, recibo un llamado, yo confiado lo contesto, hablo y mientras lo hacía, vi que un grupo de 4 jóvenes venía contra mí caminando, revisando bolsas, presentí algo malo. Revisaban las bolsas, como recién robadas, me dio un escalofrío en la espalda.
Pasaron junto a mí, pensé "hasta acá llegué". Ya mi mente captaba todo en cámara lenta, los miraba por el rabillo del ojo, ellos me miraron también, pasaron junto a mí y dije "safé".
Al otro lado del teléfono, el personaje no paraba de hablar, tomo confianza sigo caminando y siento a mi espalda el tirón, me arrebataron el teléfono de mi mano y salieron a la fuga. Sin pensarlo, otra vez salí corriendo tras de ellos, esta vez sin decir improperios, corrí ligero, el gimnasio me había hecho bien y le restaba distancia al ratero. Sin darme cuenta, se me cayó la chequera en la carrera y estaba corriendo por el medio de la calle Américo Vespucio, en dirección al paradero 14, a toda velocidad.
Estaba alcanzando al chico que me hizo el lanzazo, pensaba en cómo le iba a dar caza, pensé en un golpe en la cabeza, una patada voladora. Ya lo tenía al alcance de mi brazo, me preparo para la agresión y veo los rostros de los otros 3, perfectamente me podría arreglar al chico, pero los otros, ojalá no tuvieran armas, y empecé a detenerme, paré al medio de la calle con un amor enorme por la vida y mi integridad.
Me devolví por donde vine, pero esta vez por la vereda. No me sentí derrotado, tomé la decisión de dejar ir al "sigiberry", además, vanidoso, no me pudieron dejar atrás en la carrera. Una señora preocupada me devolvió mi chequera, le agradecí tomando sus manos, otra vez una persona me tendía la mano y yo devolví malamente el gesto contando los cheques. Volvía al estacionamiento, agitado, pero tranquilo, lo que pasó tenía que pasar de una u otra forma, ya estaba escrito, mi porfía dilató el momento, lo hizo más anecdótico, pero el destino es muy poderoso y traza su guión para ser visto, leído y representado, y yo como personaje de Unamuno, no respetando mis líneas, una vez más casi meto la pata y me resisitía a la fuerza de los acontecimientos. No creo en el determinismo, pero hay varios ejemplos en mi vida que me hacen dudar.
Compartir opiniones, historias, cuentos y anécdotas de viajes, de literatura, música y la vida con mis amigos de la red. Un abrazo.
lunes, 10 de diciembre de 2012
domingo, 9 de diciembre de 2012
El placer de la lectura
Esto se leyó en un colegio a los primeros básicos, celebrando un importante acontecimiento, cuando comenzaron a leer.
La literatura, marca una era, el inicio de la historia del hombre. Es tan compleja en su elaboración y a su vez tan simple, que hasta un niño lo puede aprender, tan importante porque nos ha permitido transmitir emociones, ideas o conceptos que de otra forma nos podría tomar una vida en poder generarlos, pero que en una acto y experiencia individual lo recibimos. Esta experiencia, nos permite transportarnos en el tiempo, desde convertirnos en un súper héroe, o comprender aspectos fundamentales de la vida, o hasta dejarnos llevar por un romance y en suma, vernos representados en los más variados personajes de las historia o la ficción.
La literatura, marca una era, el inicio de la historia del hombre. Es tan compleja en su elaboración y a su vez tan simple, que hasta un niño lo puede aprender, tan importante porque nos ha permitido transmitir emociones, ideas o conceptos que de otra forma nos podría tomar una vida en poder generarlos, pero que en una acto y experiencia individual lo recibimos. Esta experiencia, nos permite transportarnos en el tiempo, desde convertirnos en un súper héroe, o comprender aspectos fundamentales de la vida, o hasta dejarnos llevar por un romance y en suma, vernos representados en los más variados personajes de las historia o la ficción.
Hoy simbólicamente nuestros queridos pequeños inician con esta ceremonia, algo similar a lo que le sucedió a nuestra humanidad con la escritura, dejan poco a poco de depender de la transmisión de información de los mayores, para iniciar un camino de autoaprendizaje maravilloso, sin límites y que hoy compartimos y celebramos con ustedes.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Juan, la persona intermitente
En un cumpleaños familiar, en medio de una conversación vine en recordar cómo cambian las personas al envejecer y padecen de episodios de pérdida de memoria. Antes se le llamaba vejez senil, o Arterioesclerosis, ahora se le llama el mal de Alzheimer.
Antes personas fuertes, de carácter, seres con un espacio ganado e iidentidad. Luego se transforman en personas distintas, todo eso que recordamos ya no está allí, su mirada perdida y sus chispazos de normalidad, producen esperanzas y una enorme pena y angustia a quienes lo rodean, el cuerpo es el mismo, pero la persona no es su misma esencia.
Uno de ellos, de quienes me ha tocado presenciar su proceso de disolución de personalidad es don Juan. Tenía más de 80 años, él me confundía con un amigo suyo de juventud. Me conversaba los sábados y domingos en las tardes, y me hacía recordar sus anécdotas comunes. Sus salidas, otros conocidos y conocidas, anecdotas que producían sonrisas ingobernables.
Él vivía en la comuna del Bosque y en una de esas tardes, mientras conversábamos, una persona nos interrumpió desde la calle, la reja de la puerta nos separaba de él. A través de ella, llamaba al anciano: "Tatahaha, tataahaha...hola, ¿puede venir?". Nos acercamos a conversar con el joven. Entre 20 y 30 años, delgado, sucio, con su hablar arrastrado y carraspeado, de falta de pulimento y conversación a gritos, le dijo: "Tatahaa, ¿tiene unas monedas?".
Yo le murmuraba cerca del oído, que no le hiciera caso que yo lo despacharía. El tipo me escuchó y le dijo "Tata usted me conoce yo no le voy a hacer daño". El Tata le dijo con su voz arrastrada en este caso por el tiempo: "Te daré unas monedas para que me compres un Kino y a la vuelta te daré una propina". Yo le dije que no lo hiciera, pero él estaba decidido. El muchacho en tanto, contestó "pero Tata, es muy lejos para ir a comprar" decía de mala gana, pero al fin aceptó y se fue.
Yo pensaba, don Juan ya estaba senil y le dije "don Juan no debió darle esas monedas, ese tipo no le traerá el Juego", y él me contestó, "efectivamente, sé que no volverá con el juego, pero tampoco volverá nunca más a pedirme algo", en el instante, la lucidez me bañó, asombro y vergüenza, el problema resuelto, don Juan le dije, es usted un maestro.
Y efectivamente, en ese instante de lucidez, con psicología inversa, no volvimos a ver al ejemplar. No perdamos esos momentos, el asombro y la maravilla siempre nos puede tocar con nuestros seres queridos.
Antes personas fuertes, de carácter, seres con un espacio ganado e iidentidad. Luego se transforman en personas distintas, todo eso que recordamos ya no está allí, su mirada perdida y sus chispazos de normalidad, producen esperanzas y una enorme pena y angustia a quienes lo rodean, el cuerpo es el mismo, pero la persona no es su misma esencia.
Uno de ellos, de quienes me ha tocado presenciar su proceso de disolución de personalidad es don Juan. Tenía más de 80 años, él me confundía con un amigo suyo de juventud. Me conversaba los sábados y domingos en las tardes, y me hacía recordar sus anécdotas comunes. Sus salidas, otros conocidos y conocidas, anecdotas que producían sonrisas ingobernables.
Él vivía en la comuna del Bosque y en una de esas tardes, mientras conversábamos, una persona nos interrumpió desde la calle, la reja de la puerta nos separaba de él. A través de ella, llamaba al anciano: "Tatahaha, tataahaha...hola, ¿puede venir?". Nos acercamos a conversar con el joven. Entre 20 y 30 años, delgado, sucio, con su hablar arrastrado y carraspeado, de falta de pulimento y conversación a gritos, le dijo: "Tatahaa, ¿tiene unas monedas?".
Yo le murmuraba cerca del oído, que no le hiciera caso que yo lo despacharía. El tipo me escuchó y le dijo "Tata usted me conoce yo no le voy a hacer daño". El Tata le dijo con su voz arrastrada en este caso por el tiempo: "Te daré unas monedas para que me compres un Kino y a la vuelta te daré una propina". Yo le dije que no lo hiciera, pero él estaba decidido. El muchacho en tanto, contestó "pero Tata, es muy lejos para ir a comprar" decía de mala gana, pero al fin aceptó y se fue.
Yo pensaba, don Juan ya estaba senil y le dije "don Juan no debió darle esas monedas, ese tipo no le traerá el Juego", y él me contestó, "efectivamente, sé que no volverá con el juego, pero tampoco volverá nunca más a pedirme algo", en el instante, la lucidez me bañó, asombro y vergüenza, el problema resuelto, don Juan le dije, es usted un maestro.
Y efectivamente, en ese instante de lucidez, con psicología inversa, no volvimos a ver al ejemplar. No perdamos esos momentos, el asombro y la maravilla siempre nos puede tocar con nuestros seres queridos.
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