No me gusta el servicio Uber, transgreden la ley donde están y operan, sin embargo, los he y sigo usando, básicamente por su tremenda plataforma informática y su facilidad de uso, pero al fin y al cabo son ilegales y me niego a preferirlos. Lamentablemente me levanto tarde y los taxistas de antes no vienen cuando yo quiero. Ellos no usan teléfono y no hay aplicación que los encuentre, pues ellos no trabajan en este tiempo.
Los taxistas de antes tienen un auto de latas duras,
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| Ford Fairlane 70 |
Hablo de los taxis amarillos de recorrido Arica-Iquique o azules de Arica-Tacna, autos enormes, sin cinturón de seguridad, de esos donde viajan fácilmente 8 personas, sin llamar la atención de los carabineros y que en algunos fines de semana nos llevan de paseo para ir a comer pollo asado al humedal de la desembocadura del río Lluta, y que cuando cuando ya no hay más cupos sentados, usan el maletero para meternos a mi primo y a mí, en cuerpos de niño, no importando la falta de amortiguación y aire para nosotros, para mí era lo mejor del viaje.
Quiero ser taxista o al menos repetir sus ritos cuando no tienen un viaje. La tarde del sábado en el taller del mecánico amigo, en donde comencé a trabajar un día con mi primo, donde se tomaban cervezas y se comían mariscos, allá lejos en el espacio-tiempo, en el norte, donde como ayudante cambiaba condensador y platino, donde escobilla en mano rescataba las monedas del piso de sus alfombras. Mi padre no tuvo vehículo y eso era lo más cerca que tuve de tener uno, pero de esos autos, de los taxistas de antes.

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