domingo, 1 de abril de 2018

No hay como los taxistas de antes.

Para iniciar bien el día, el conductor del Uber que pedí me recibía con un profundo "buenos días" acompañado de un delicado buqué de ajos. Era tarde y decidí subirme no más. El conductor andaba bien vestido, conducía bien, solo que apestaba.  A poco andar, tuve que bajar el vidrio. Llegué  a destino, sin sobresaltos, pero no pude calificar la incomodidad que me produjo el viaje, temprano con frío por la ventana abierta y con el estómago descompuesto, 3 estrellas.

No me gusta el servicio Uber, transgreden la ley donde están y operan, sin embargo, los he y sigo usando, básicamente por su tremenda plataforma informática y su facilidad de uso, pero al fin y al cabo son ilegales y me niego a preferirlos. Lamentablemente me levanto tarde y los taxistas de antes no vienen cuando yo quiero. Ellos no usan teléfono y no hay aplicación que los encuentre, pues ellos no trabajan en este tiempo.

Los taxistas de antes tienen un auto de latas duras,
Ford Fairlane 70
brillante por dentro y por fuera. Un ejemplo de ello es el Ford Fairlane 1970 de mi tío (como el amarillo del dibujo), el Chevy Nova o el Oldsmobile. Los conductores tienen su infaltable franela naranja amarilla, la usan para acariciar las latas en donde se pueden mirar tal como un espejo. Trabajan con camisa y pantalón de vestir, la camisa mostrando en el pecho una cadena de oro o plata gruesa, con una cruz, zapatos negros de zuela eternamente lustrados, usan lentes parecidos a los de Elvis, peineta en bolsillo trasero, pelo engominado y en la palanca de cambios un decorado, un cabezal distinto al original, un cangrejo encerrado en una jaula transparente o una perilla forrada en cuero, emulando un auto deportivo. La radio AM, algunos con FM y botones mecánicos, que sólo acercaban el dial de a diez números.

Hablo de los taxis amarillos de recorrido Arica-Iquique o azules de Arica-Tacna, autos enormes, sin cinturón de seguridad, de esos donde viajan fácilmente 8 personas, sin llamar la atención de los carabineros y que en algunos fines de semana nos llevan de paseo para ir a comer pollo asado al humedal de la desembocadura del río Lluta, y que cuando cuando ya no hay más cupos sentados, usan el maletero para meternos a mi primo y a mí, en cuerpos de niño, no importando la falta de amortiguación y aire para nosotros, para mí era lo mejor del viaje.

Quiero ser taxista o al menos repetir sus ritos cuando no tienen un viaje. La tarde del sábado en el taller del mecánico amigo, en donde comencé a trabajar un día con mi primo, donde se tomaban cervezas y se comían mariscos, allá lejos en el espacio-tiempo, en el norte, donde como ayudante cambiaba condensador y platino, donde escobilla en mano rescataba las monedas del piso de sus alfombras. Mi padre no tuvo vehículo y eso era lo más cerca que tuve de tener uno, pero de esos autos, de los taxistas de antes.

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