Los armaba, es decir, los disponía en pie uno al lado del otro en el patio trasero que había en la casa de mis padres, allá en el norte. Los armaba como un ejército, uno de payasos y otro de soldados, frente a frente. En otras ocasiones, los armaba en equipos mixtos, cuando se perdía una pieza, se me hacía compleja la jornada, quedaban disparejos, no era justo, pero el combate no podía esperar, ese desequilibrio se me presentaba en mi mente a cada momento durante la batalla.
No me decidía por cual bando optar, a veces prefería por el de la izquierda otras veces por el de la derecha, o por los payasos, o por los soldados. A veces, cuando iba perdiendo un equipo, me decidía por el bando ganador, otras por el perdedor. Cuando iba perdiendo, cual dios mitológico, incorporaba un arma letal y diferente (un escudo de cartón, una ballesta de tubos de PVC, o una munición o piedra más grande), que los hacía ganar. En otras, a pesar de todo esfuerzo tecnológico, igual perdía. Yo igual ganaba, jugaba solo, pero internamente sabía que había perdido. Mi consciente decidía, prefería ser entonces el payaso con su inteligencia e ironía, o el soldado por su disciplina y fortaleza, mi inconsciente optaba por el bando contrario.
Claramente estos artefactos no fueron creados para eso, imitaban un juego de “boliche” o Bowling, pero como la pelota se perdía o se estropeaba al primer día, yo los usaba de blanco, les apuntaba con una onda o a mano y disparaba proyectiles alternadamente, a la izquierda o a la derecha. A veces lanzaba desde la posición de los ejércitos y al final me ponía en el medio, declarando antes de cada disparo, por cual bando estaba participando. Me entretenía en eso la tarde entera, hasta que no había luz de día, no tenía muy buena precisión. Con tanto piedrazo se empezaron a deteriorar y al cabo de unos años perdí mi interés por ellos.
Un día de primavera, con 11 años según recuerdo, pensaba cómo mis amigos jugaban al trompo o peonza, yo en cambio prefería jugar a las bolitas de vidrio o canicas, me quedé con muchas de ellas, jugaba tanto en el barrio como en la escuela, pero como era Septiembre y todos jugaban al trompo, pensaba que era injusto, pues yo no tenía. La sincronía, de un día a otro todos usaban trompo, así de repente, como cuando florecen los ciruelos. No quise pedirle dinero a mi papá o derechamente un trompo, pues las cosas no iban bien. En eso me pasaba el día, pensando, o viendo cómo jugaban mis amigos o amurrado en un sillón de playa del patio.
Al día siguiente, salí temprano y comencé a practicar solo. Empezaron a llegar los amigos y como era trompo nuevo, lo bautizaron, lo tuve que poner al medio de todos que en ronda se turnaban para lanzarlos contra él, saltaron unas astillas, me dolió, pero salió bien parado, pero como era de pino se empezó a seguir astillando de a poco. Lo usé unos meses y luego junté dinero para comprar un trompo de naranjo, madera resinosa que lo hacía pesado, así que jubilé a palitrompo retornándolo a la caja de los palitroques.
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