sábado, 15 de septiembre de 2018

Palitrompo - Anécdota

Recibí uno de mis juegos de palitroque en el colegio, en las fiestas de fin de año, tenía dos juegos, uno de payasos y otro de soldados, quizás el otro me lo compró mi abuelita paterna, es lo más probable.

Los armaba, es decir, los disponía en pie uno al lado del otro en el patio trasero que había en la casa de mis padres, allá en el norte. Los armaba como un ejército, uno de payasos y otro de soldados, frente a frente. En otras ocasiones, los armaba en equipos mixtos, cuando se perdía una pieza, se me hacía compleja la jornada, quedaban disparejos, no era justo, pero el combate no podía esperar, ese desequilibrio se me presentaba en mi mente a cada momento durante la batalla.

No me decidía por cual bando optar, a veces prefería por el de la izquierda otras veces por el de la derecha, o por los payasos, o por los soldados. A veces, cuando iba perdiendo un equipo, me decidía por el bando ganador, otras por el perdedor. Cuando iba perdiendo, cual dios mitológico, incorporaba un arma letal y diferente (un escudo de cartón, una ballesta de tubos de PVC, o una munición o piedra más grande), que los hacía ganar. En otras, a pesar de todo esfuerzo tecnológico, igual perdía. Yo igual ganaba, jugaba solo, pero internamente sabía que había perdido. Mi consciente decidía, prefería ser entonces el payaso con su inteligencia e ironía, o el soldado por su disciplina y fortaleza, mi inconsciente optaba por el bando contrario.

Claramente estos artefactos no fueron creados para eso, imitaban un juego de “boliche” o Bowling, pero como la pelota se perdía o se estropeaba al primer día, yo los usaba de blanco, les apuntaba con una onda o a mano y disparaba proyectiles alternadamente, a la izquierda o a la derecha. A veces lanzaba desde la posición de los ejércitos y al final me ponía en el medio, declarando antes de cada disparo, por cual bando estaba participando. Me entretenía en eso la tarde entera, hasta que no había luz de día, no tenía muy buena precisión. Con tanto piedrazo se empezaron a deteriorar y al cabo de unos años perdí mi interés por ellos.

Un día de primavera, con 11 años según recuerdo, pensaba cómo mis amigos jugaban al trompo o peonza, yo en cambio prefería jugar a las bolitas de vidrio o canicas, me quedé con muchas de ellas, jugaba tanto en el barrio como en la escuela, pero como era Septiembre y todos jugaban al trompo, pensaba que era injusto, pues yo no tenía. La sincronía, de un día a otro todos usaban trompo, así de repente, como cuando florecen los ciruelos. No quise pedirle dinero a mi papá o derechamente un trompo, pues las cosas no iban bien. En eso me pasaba el día, pensando, o viendo cómo jugaban mis amigos o amurrado en un sillón de playa del patio.

Un día se me vino una idea y me duró por días y días en mi mente. Tomé uno de mis palitroques, un payaso, y tomé una sierra y lo degollé a lo Isis. La cabeza del payaso invertida se asemejaba a la forma de un trompo, solo que había un problema, el sombrero y el cuello eran muy gruesos. Un poco decepcionado, nuevamente, así que le saqué la cortaplumas "arbolito" a mi papá, era una Boker   y comencé a rebajar el cuello y el sombrero, como requiere la figura del trompo. Así estuve días y días, con la cortaplumas como sacándole la punta a un lápiz de mina. Me corté varias veces, mi papá me decía, que eso no fue hecho para eso y se iba. Un día se quedó y me ayudó y lo terminamos, luego le puso la púa, usamos un clavo 2 pulgadas, lo martillamos a la cabeza del payaso y luego con una sierra le cortamos la cabeza al clavo. Luego en la vereda de casa, estuve muchas horas limando la púa contra la vereda de cemento, hasta que la dejé redonda.
Al día siguiente, compré una piola de trompo y no podía creer lo bien que quedó, solo un detalle lo miré y todavía quedaba la cara de payaso, no tenía carácter de trompo, así que lo pinté celeste. Esperé a que llegara mi papá del trabajo y le pedí que me enseñara a usarlo. Con la pintura fresca mi viejo le puso la piola y lo lanzó. Zumbó en el aire, dibujando en el aire media parábola, tuve miedo que se hiciera daño al golpear el piso y se rompiera en mil pedazos. Anduvo increíble, un poco saltón,  danzando en círculos, y bramaba, emitía un zumbido intimidante, no lo iban a creer mis amigos. Estuvimos un rato y aprendí, pero ya era tarde para salir y me fui a dormir sin éxito, acelerado, lo puse bajo la almohada, el olor a pintura y la ansiedad de ponerme a jugar con mis amigos y mostrarles mi palitrompo, me pusieron insomne.


Al día siguiente, salí temprano y comencé a practicar solo. Empezaron a llegar los amigos y como era trompo nuevo, lo bautizaron, lo tuve que poner al medio de todos que en ronda se turnaban para lanzarlos contra él, saltaron unas astillas, me dolió, pero salió bien parado, pero como era de pino se empezó a seguir astillando de a poco. Lo usé unos meses y luego junté dinero para comprar un trompo de naranjo, madera resinosa que lo hacía pesado,  así que jubilé a palitrompo retornándolo a la caja de los palitroques.

domingo, 8 de abril de 2018

En la frontera de la guerra

Como ariqueño les explico esto a mis hijos y a quien quiera enterarse de mi experiencia y pensamiento de vivir en la frontera y por qué no me gusta eso de dar soberanía a Bolivia. Por otra parte, no es factible, ya que Perú se negará, ya que eso significaría renunciar a las pretensiones sobre Arica y Tarapacá. Les  cuento lo que recuerdo de conversaciones de mi papá y lo que he leído y visto posteriormente. Recomiendo leer a José Rodríguez Elizondo, en su libro "Chile-Perú los años que vivimos en peligro".


Mi padre fue llamado como reservista del ejército en los años 70's, pues Perú iba a tomar la ofensiva en el norte, recordar que Tacna queda a 57 Km de Arica. Mi familia se había trasladado nuevamente a Arica en el año 1971 o 1972. Él había sido soldado en su juventud y supongo que lo llamaron por esa experiencia. Recuerdo que también fue llamado su hermano y primo, mis tíos, tenían que hacer ejercicios militares todos los sábados en algunos de los muchos regimientos que había en Arica. Recuerdo que  me dijo que le explicaron en el Fortín Sotomayor (gimnasio de Arica) de la situación: el ejército peruano llegó a la frontera, Agosto de 1975, a la vista de Arica. Mi padre me explicó que el ejército chileno no iba a poder mantener la posición e iba haber retirada, y se llamaron a los civiles a organizar la evacuación hacia la carretera Panamericana. Incorporo comentario de José Núñez profesor de historia "Todo hombre en estado de cargar armas se quedaba en la ciudad.......el resto se retiraba vía quebrada encantada......la Panamericana estaría inservible por los bombardeos de aviación". Aquellos con vehículos, no habían muchos en esa época, se hacían cargo de su familia y vecinos, también informaron que el ejército contaba con cocinas y provisiones para mantener a 60.000 personas por 2 semanas y la instrucción militar a civiles era para un escenario de enfrentamiento en la ciudad. Esto es lo que escuché y recuerdo, puedo estar equivocado en algunos datos, pero he corroborado con otras fuentes, lo general está correcto. Posteriormente, luego del golpe de Estado peruano, se instalaron tetrapodos, allí jugábamos con mi primo y amigos. También pusieron campos minados en toda la frontera con Perú y Bolivia.

En un principio y por muchos años, pensé que esto había ocurrido en respuesta a la cuasi guerra con Argentina en el año 1978, pero no, hace unas semanas caí en cuenta que ocurrió antes. En ambos episodios fue clave EEUU el señor Henry Kissinger (quien antes había financiado a la oposición de Allende en Chile) y que según fuentes peruanas indicadas en el video, infiltró con la CIA al ejército peruano  y por otro, en el futuro año 1978, también fue pieza clave junto al Papa Juan Pablo II para evitar el conflicto con Argentina.

Navegando en Internet me encuentro con la visión de nuestro país vecino. Adjunto una entrevista al capitán (R) Eloy Villacrez Riquelme, quien se acuarteló en Arequipa a cargo de un batallón de paracaidistas. Explica cómo el señor Morales Bermúdez a cargo del ejército peruano no atacó Chile, en cambio hizo un golpe de Estado, el llamado Tacnazo. Ellos dicen que fue la CIA quien conspiró contra el plan de invasión a Chile.



Lo que queda en mi mente y estoy convencido de ello, es que el Perú o sus jerarcas, nunca van a renunciar a recuperar Arica y Tarapacá (tienen argumentos jurídicos para esta declaración), ya sea por vías jurídicas o por el uso de la fuerza. Por otra parte, Chile ha generado una política de disuasión al mantener a sus FFAA actualizadas que ha comprado la paz de la zona, cosa en que estoy de acuerdo, dada la historia con nuestros países vecinos.



domingo, 1 de abril de 2018

No hay como los taxistas de antes.

Para iniciar bien el día, el conductor del Uber que pedí me recibía con un profundo "buenos días" acompañado de un delicado buqué de ajos. Era tarde y decidí subirme no más. El conductor andaba bien vestido, conducía bien, solo que apestaba.  A poco andar, tuve que bajar el vidrio. Llegué  a destino, sin sobresaltos, pero no pude calificar la incomodidad que me produjo el viaje, temprano con frío por la ventana abierta y con el estómago descompuesto, 3 estrellas.

No me gusta el servicio Uber, transgreden la ley donde están y operan, sin embargo, los he y sigo usando, básicamente por su tremenda plataforma informática y su facilidad de uso, pero al fin y al cabo son ilegales y me niego a preferirlos. Lamentablemente me levanto tarde y los taxistas de antes no vienen cuando yo quiero. Ellos no usan teléfono y no hay aplicación que los encuentre, pues ellos no trabajan en este tiempo.

Los taxistas de antes tienen un auto de latas duras,
Ford Fairlane 70
brillante por dentro y por fuera. Un ejemplo de ello es el Ford Fairlane 1970 de mi tío (como el amarillo del dibujo), el Chevy Nova o el Oldsmobile. Los conductores tienen su infaltable franela naranja amarilla, la usan para acariciar las latas en donde se pueden mirar tal como un espejo. Trabajan con camisa y pantalón de vestir, la camisa mostrando en el pecho una cadena de oro o plata gruesa, con una cruz, zapatos negros de zuela eternamente lustrados, usan lentes parecidos a los de Elvis, peineta en bolsillo trasero, pelo engominado y en la palanca de cambios un decorado, un cabezal distinto al original, un cangrejo encerrado en una jaula transparente o una perilla forrada en cuero, emulando un auto deportivo. La radio AM, algunos con FM y botones mecánicos, que sólo acercaban el dial de a diez números.

Hablo de los taxis amarillos de recorrido Arica-Iquique o azules de Arica-Tacna, autos enormes, sin cinturón de seguridad, de esos donde viajan fácilmente 8 personas, sin llamar la atención de los carabineros y que en algunos fines de semana nos llevan de paseo para ir a comer pollo asado al humedal de la desembocadura del río Lluta, y que cuando cuando ya no hay más cupos sentados, usan el maletero para meternos a mi primo y a mí, en cuerpos de niño, no importando la falta de amortiguación y aire para nosotros, para mí era lo mejor del viaje.

Quiero ser taxista o al menos repetir sus ritos cuando no tienen un viaje. La tarde del sábado en el taller del mecánico amigo, en donde comencé a trabajar un día con mi primo, donde se tomaban cervezas y se comían mariscos, allá lejos en el espacio-tiempo, en el norte, donde como ayudante cambiaba condensador y platino, donde escobilla en mano rescataba las monedas del piso de sus alfombras. Mi padre no tuvo vehículo y eso era lo más cerca que tuve de tener uno, pero de esos autos, de los taxistas de antes.

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