lunes, 26 de marzo de 2012

Lobo al volante


Luego de una extrañamente corta visita al Mall, para comprar un material de estudio para mi hijo, no nos gusta ir de compras. Esperábamos la luz roja del semáforo, al momento, siento que alguien me mueve el auto, me sentí invadido, extrañado, agredido.



Previamente había mirado por el retrovisor y había visto un lindo auto deportivo gris japonés, quería sobrepasarme, pero el automóvil de delante nos retrasaba a ambos. Entonces, pensé este energúmeno de atrás, quisás piensa que le estoy obstruyendo el paso a propósito y se arrimó de mala forma a mi auto y comenzó a empujarme.

La ira me llegó a mi cabeza, miré por el retrovisor, "sí, es el deportivo gris, ¿qué quiere este infeliz?, empujándome con su auto deportivo, insistentemente". Recordé lo que le pasó a un amigo. Él iba en su camioneta cuando un automovil sedán quería sobrepasarlo, en una actitud típicamente masculina le impidió el paso por un par de cuadras, pero cuando se abrió el camino en dos pistas, fue sobrepasado y el vehículo de atrás le hizo un encierro disminuyendo la velocidad hasta cerrarle el paso deteniéndose junto al ruido de los neumáticos. "De choro a choro y medio" dijo, se bajó con su bat de beisbol torneado en un taller dieciochero, se bajó de su camioneta y fue a increpar al tipo del automóvil. El otro conductor, bajó el vidrio y le mostró un revólver, de esos que usa la policía local, allí su orgullo disminuyó, como lo que le pasa al cuerpo cuando uno sale del agua fría, tuvo que aguantar una berborrea coprolálica, retrocediendo al auto y asintiendo con la cabeza y y levantando los brazos como futbolista inocente.

Estaba desabrochándome el cinturón de seguridad, con decisión y me doy cuenta que el auto se mueve con más fuerza, miro un punto lejano, un poste, los cables, todo en movimiento,se me quitó la ira, un sismo que duró unos 30 segundos perceptibles, y me alegré de que fuese eso.

Se habla de la transformación de un conductor frente al volante, la ira fácil, el insulto ágil, reflexioné de lo ridículo de mi pensar, moví la cabeza de un lado a otro, mi hijo me miró con extrañeza, sin entender. ¿Por qué necesariamente todos me tienen que agredir en la calle?, no siento confianza, no hay bondad con mi semejante. El auto deportivo gris, me avisó con un pequeño toque de bocina, que ya había cambiado a verde el semáforo, le entregué una sonrisa y continué mi camino algo sonrojado.

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