Caminábamos de vuelta al hotel con un amigo y ex-colega, luego de cenar, retornábamos por los extensos estacionamientos de un sector empresarial de Denver, Colorado, año 2002 creo. Denver se parece un poco a Santiago, con las Montañas Rocosas de fondo, pero mas amplio y verde, queda cerca de centros de esqui muy conocidos, su aeropuerto es uno de los mejores de America.
Comentábamos del día, de las clases a las cuales asistimos, de los gringos de lo simples que eran, de la caja del supermercado en la cual uno se puede autoatender, sin cajero, de las amplias calles, sin veredas peatonales, de lo barato de los CDs, me compré uno doble de Devo, del frío y viento otoñal. Una cosa que me llamó la atención fue la guardería para los trabajadores del edificio donde se dictaba el curso. Se encontraba en el subterráneo, cerca del baño (otra vez el yogurt) y con paredes y puertas de vidrio, se podían ver los niños junto a las Educadoras, era refrescante verlos, reían, jugaban, era como ver un acuario lindo que te transportaba a lo realmente importante, y los papás y mamás que trabajaban en el mismo lugar, podían verlos cuando desearan.
En la cena, recuerdo que pedí una carne Pancho Villa, algo suave para dormir bien, puré de porotos (o frijoles como dice hoy mi hija), con arroz, con cebolla y un huevo fritos, un trozo de carne asada coronada con un ají enorme,verde y frito, se veía sabroso. Pedí una coca cola, pero extrañamente me trajeron un litro de agua con hielo, pensé "es agua de manitos" para remojar los deditos o se equivocaron. Me fui directo a la carne un mordisco sin vacilación y me di cuenta para qué servía el agua helada, que picante y delicioso el chile, al rato me trajeron la coca cola ya me había terminado el agua.
Como les decía caminábamos y de pronto una voz femenina nos habló en un acento diferente, intersante, volteamos y vimos una mujer que se nos aparecía de pronto, de un cutis suave y sedoso, pelo claro, delicadamente maquillada y aromatizada, vestida de negro, ceñida, nos hablaba a nosotros. Nos miramos sorprendidos y no entendimos nada, nos decía que ella era italiana, que venía a la semana de la moda en Denver y le quedaban algunos saldos de ropa que nos quería mostrar. Que mal, sólo era interés comercial pensé, mi ego se fue al suelo una vez más. Nos pidió que la acompañáramos a una Van estacionada como a 100 metros. Accedimos.
Mientras caminábamos a la Van, tratábamos de decir cosas interesantes, pero en mi interior, empecé a sentir miedo. Imaginé que alguien abría la puerta y nos atrapaban, nos secuestraban, recordé la imagen de una película, la visión del moreno grande siendo abusado en la película Pulp Fiction, o bien, me imaginaba en una tina de baño llena de hielo, desnudo, con heridas en mi espalda, sin mis riñones con una nota recomendándome llamar al 911. El frío recorría mi espalda, estabamos junto al vehículo cuando se abrió la puerta corredera, me saltó el corazón y un metro mas allá mi espíritu, y otra persona nos comenzaba a mostrar la mercadería, alivio.
Eran saldos de ropa, gracias a Dios, del puro susto y agradecido del regalo de la vida, no tuve alternativa, eso creí en el momento. Cada uno compró una chaqueta, mi amigo para su padre, la mía para mi señora, era bonita pieza, pero le quedó grande y sin posibilidad de devolución y la historia no dejó huellas, se la regalamos a una amiga.
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